Mi primera vez… con la accesibilidad digital – La pregunta que lo cambió todo
Mi primera vez con la accesibilidad digital empezó con una pregunta que, en aquel momento, me pareció casi absurda: «¿Habéis pensado alguna vez si una persona ciega puede utilizar un ordenador?» Yo estaba convencida, ¡convencidísima!, de que aquello no era posible.
Pero antes de contaros qué ocurrió después, os pongo un poco en contexto.
Estudié Ingeniería Informática en la Universitat de Lleida. En segundo curso descubrí la Interacción Persona-Ordenador gracias a Jesús Lorés, uno de los referentes de esta disciplina en España. Aquella asignatura cambió mi manera de entender la informática. Hasta entonces me había centrado en la tecnología, pero descubrí que lo realmente importante eran las personas que la utilizaban. Así que me uní al grupo de investigación GRIHO de la UdL. Allí, empecé a interesarme por la usabilidad, con evaluaciones heurísticas y a diseñar sistemas fáciles de utilizar. Sin embargo, nunca me había planteado cómo utilizaban la tecnología las personas con discapacidad. Ni siquiera si podían hacerlo.
Y así llegamos a aquella pregunta.
Fue durante el máster de Interacción Persona-Ordenador, en una asignatura sobre accesibilidad, cuando Dani Guasch, profesor de la UPC nos preguntó si creíamos que una persona ciega podía utilizar un ordenador. Tras mi convencidísima respuesta negativa, nos explicó que él mismo tenía un campo de visión muy reducido y que, gracias a las tecnologías de apoyo, podía desarrollar su trabajo con normalidad. Y dijo algo que todavía recuerdo: «Si los contenidos digitales no están preparados, estas herramientas no sirven de nada». Aquella frase me impactó profundamente. Rompió muchas de mis creencias y acabó cambiando el rumbo de mi carrera.
Por primera vez comprendí que una persona con discapacidad podía utilizar un ordenador y realizar muchísimas actividades gracias a la tecnología. Pero también entendí que, por muy buenas que fueran sus herramientas de apoyo, si una web no estaba diseñada para ser accesible, podía resultar imposible utilizarla.
El problema no estaba en las capacidades de la persona, sino en cómo habíamos
diseñado la tecnología. Y descubrí algo todavía más importante: una web accesible podía ofrecer a las personas una autonomía que quizá no encontraban en otros entornos. Poder hacer una transferencia bancaria sin salir de casa y enfrentarse a barreras físicas, estudiar desde cualquier lugar sin tener que desplazarse a otra ciudad o comprar un producto sin necesidad de acudir a una tienda. No se trataba
únicamente de acceder a una página web. Se trataba de independencia y de oportunidades.
Mi primera vez delante de un lector de pantalla
Durante aquel mismo máster en la asignatura de introducción a la accesibilidad de Mireia Ribera, tuvimos que realizar una práctica de evaluación de un sitio web usando un checklist de las pautas WCAG y utilizando un lector de pantalla. Previamente ella nos había hecho una práctica en clase para que nos familiarizáramos con la herramienta asistencial. Recuerdo perfectamente que al oírlo pensé: «¡Pero si no entiendo nada! ¡Va rapidísimo! ¿Cómo puede alguien entender lo que dice?» Las palabras salían a una velocidad de vértigo, casi como una metralleta. Me parecía imposible seguir aquel ritmo y, sinceramente, también me parecía imposible que alguien pudiera entenderlo. Pero luego me tocaba utilizarlo a mí. Después de bajar la velocidad de lectura y aprenderme algunos accesos directos…
La experiencia fue un desastre: me sentía completamente perdida. No sabía si lo que escuchaba era un error de la página web o simplemente que yo no sabía utilizar bien el lector. ¿No anunciaba correctamente un encabezado porque la página estaba mal construida? ¿O porque
yo no sabía navegar? ¿Cómo podía evaluar algo si todavía no sabía utilizar la herramienta con la que debía hacerlo?
Así que encontré una pequeña estrategia que me ayudó muchísimo. Primero utilizaba el lector de pantalla en una página que sabía que estaba bien construida y era accesible, como la página del W3C, o el blog de Olga Carreras. Escuchaba cómo anunciaba los encabezados, cómo identificaba los enlaces o cómo recorría los campos de un formulario. Después repetía el mismo proceso en la página que tenía que evaluar. De esta manera podía comparar lo que debía escuchar con lo que realmente escuchaba. Aquellas páginas accesibles se convirtieron en mi punto de referencia para identificar las barreras de las demás y sobre todo para profundizar más de la materia cuando al principio la información era muy escasa.
Puede parecer una estrategia muy sencilla, pero para mí fue fundamental. En aquella época había tantos errores de accesibilidad en las páginas web que, sin una referencia, a veces era difícil distinguir qué estaba bien y qué estaba mal. Poco a poco fui aprendiendo a utilizar el lector de pantalla. Un paso importante fue familiarizarme con los atajos de teclado, que me permitieron navegar de manera mucho más ágil. Y aquello que al principio me parecía un montón de palabras
pronunciadas a una velocidad imposible empezó a tener sentido. También comprendí algo importante: yo estaba aprendiendo a utilizar una herramienta; muchas otras personas dependían de ella para acceder a la información cada día.
Lo que aprendí después de aquella primera vez.
Poco después tuve la oportunidad de realizar mi doctorado en accesibilidad digital. Fueron cuatro años de investigación y de aprendizaje junto a personas con discapacidad. Aprendí qué barreras les afectaban más, cuáles les impedían completar una tarea y cómo podían influir incluso en su estado de ánimo. También aprendí lo difícil que puede ser explicar estas situaciones a alguien que nunca se ha encontrado con ellas. Comprendí que una barrera que para mí podía pasar completamente desapercibida, para otra persona podía significar no poder realizar una gestión, acceder a una información o utilizar un servicio.
Con los años he seguido probando distintas tecnologías de apoyo y participando en proyectos para mejorar el acceso a herramientas digitales. Y, por supuesto, utilizo mucho la navegación por teclado y el zoom del navegador. Este último, cada vez más por necesidad propia: ¡los años pasan y las letras pequeñas ya no se leen como antes! Pero, si tuviera que resumir todo lo que he aprendido, sería con una idea: La accesibilidad no consiste únicamente en cumplir unas pautas técnicas. Consiste en permitir que las personas puedan utilizar la tecnología de forma autónoma.
Es lo que intento transmitir hoy a mis estudiantes y a los profesionales del diseño y del desarrollo que participan en nuestros cursos de accesibilidad digital de la Universitat de Lleida.
Me gusta pensar que, con cada clase, estoy plantando pequeñas semillas. Y cuando esas personas diseñen o desarrollen sus propios proyectos, la accesibilidad forme parte de su manera natural de trabajar. Que no sea algo que se añada al final, sino algo que se tenga presente desde el principio.
Mi deseo: una web sin barreras digitales
Mi propósito es conseguir una web con cero errores de accesibilidad. Aunque puede parecer demasiado ambicioso, ¿por qué no aspirar a ello?. Con la llegada de la inteligencia artificial pensé que podríamos acercarnos más rápidamente a ese objetivo. Si hoy podemos generar páginas web con IA, ¿por qué no generarlas accesibles desde el principio? Sin embargo, los datos siguen siendo preocupantes. El informe WebAIM Million 2026, que analiza la accesibilidad de un millón de páginas de inicio, muestra que el número medio de errores detectados ha aumentado respecto al año anterior.
Y esto me hace pensar que el problema no es solamente lo que la tecnología puede o no puede hacer. También es lo que le pedimos que haga. Si no pedimos accesibilidad, difícilmente la obtendremos. Todavía necesitamos que más profesionales del diseño y del desarrollo comprendan que las personas con discapacidad también utilizan sus productos digitales y que tienen el mismo derecho a hacerlo. Y, además, una web accesible nos beneficia a todos. Los subtítulos son esenciales para una persona sorda, pero también resultan útiles para alguien que está en una biblioteca y no puede activar el sonido. Lo mismo ocurre con otras muchas medidas de accesibilidad que utilizamos en nuestro día a día, a veces sin darnos cuenta.
Me gusta explicarlo con una comparación. Cuando caminamos por una ciudad, todavía encontramos barreras físicas, como los bordillos, que dificultan o impiden el paso a las personas que utilizan una silla de ruedas. Hoy la mayoría entendemos que esas barreras deben eliminarse. En Internet también existen ese tipo de bordillos, aunque no siempre podamos verlos, son “barreras digitales”. Son formularios que no se pueden completar, botones que no funcionan con el teclado, un indicador de foco que no aparece, imágenes sin descripción o vídeos sin subtítulos. Las barreras pueden impedir a una persona hacer algo tan cotidiano como leer una noticia, realizar un trámite o comunicarse con alguien. Mi propósito es contribuir a eliminar esas barreras digitales.
Y pensar que todo empezó con una pregunta que me hizo descubrir una realidad que desconocía … Pero hoy ¡me apasiona lo que hago!. Y sigo aprendiendo, enseñando e investigando con la misma ilusión, para contribuir a una transformación digital y que todas las personas puedan participar en el mundo digital con autonomía y en igualdad de oportunidades.
Nota sobre el sitio: Este espacio está en constante construcción y mejora continua para garantizar la mejor accesibilidad posible. Si encuentras alguna barrera de acceso durante tu visita, o tienes alguna sugerencia en la que no haya caído, te agradeceré enormemente que me lo hagas saber para corregirla cuanto antes. Asimismo, me gusta ser transparente: me apoyo en herramientas de Inteligencia Artificial para la corrección gramatical y la revisión de estilo de los textos, asegurando así una lectura clara y fluida

